«La civilización siempre amenaza a los indígenas»

Entrevista al párroco provincial de Atalaya Francisco Morales Marina, el Padre Curro, entusiasta religioso que relata su experiencia de trabajo con los pueblos originarios en NOPOKI.

Por Gabriel ÁLVAREZ para La Voz de Cadiz

Ordenado aquí en 1989, ya estaba allí apenas seis años después y tras dejar su huella en parroquias como Las Nieves y San Rafael, la O de Sanlúcar y Ubrique.

¿Cuánto peor viven los indígenas allí pese a nuestra crisis?

Allí no hay crisis porque nunca han tenido de nada. Carecen de realidades a las que nosotros le damos mucha importancia, cosas que allí ni siquiera saben que existen. Pero es un trabajo muy bonito el que hacemos en la Amazonía peruana, exactamente en la provincia Atalaya donde mi parroquia es más grande que Andalucía. Ya es difícil imaginar aquí una parroquia con unas dimensiones tan grandes y en la que ni siquiera tengo carreteras. Los desplazamientos se hacen por río y para las emergencias tenemos que buscar que avionetas pequeñas puedan aterrizar en algún sitio.

¿A través de los ríos?

Sí. Pero incluso caminando cuatro o cinco horas para poder llegar a otro río o afluente y poder así continuar la marcha y llegar a las más de 400 comunidades. La diversidad de etnias es grande, hasta los que llaman ‘no contactados’, que no lo son tanto sino más bien indígenas de distintas etnias que huyen porque no quieren relaciones con la civilización, en especial con los madereros o las grandes empresas multinacionales del petróleo. Evitan esa relación y se adentran más en la selva.

También ese recelo pondrá difícil su trabajo.

La Iglesia tiene un trabajo de muchos siglos en el que las comunidades creen aunque no confíen en sus políticos, su ejército o sus gobiernos. Pero la Iglesia siempre ha sido mediadora y defensora de ellos. De hecho los vicariatos que hay en Perú surgen como una petición del gobierno frente a la época del caucho en la que quedó tan mal toda esa zona. Fueron pedidos a la sede de Roma para que se convirtieran en una forma de ayuda a las comunidades indígenas y que fueran respetados los valores y la cultura de todas estas etnias. Pero la civilización siempre es una amenaza porque la Amazonía tiene sus riquezas y están siendo destrozadas por la explotación de las multinacionales. Es verdaderamente alarmante, máxime con el cambio climático tan desesperante que tenemos.

El clima es precisamente lo que le tiene aquí durante un mes, ¿no?

Claro. El año se divide entre los meses de lluvia y los de no lluvia. En los meses de no lluvia también llueve porque estamos en la selva, pero en esta época son muy torrenciales, con un clima verdaderamente bochornoso en el que de pronto sale el sol y de inmediato hay una nueva tormenta. Los ríos vienen a subir en esta época de cinco a seis metros de altura y eso impide que podamos salir a visitar a las comunidades y tengamos problemas tanto por el río como por el barro. Por eso ésta es la época en la que, en pleno verano allí, los misioneros aprovechamos para hacernos una revisión médica, que vivimos en una zona con muchos peligros

¿Cuáles son las principales enfermedades?

La malaria, la fiebre amarilla, el dengue, enfermedades tifoideas y otras que no se sabe siquiera lo que es. Por eso ahora nos toca mirarnos.

Volvamos a Perú. Creo que el proyecto que más le entusiasma allí es uno de carácter formativo.

Sí, la Iglesia, que es lo que somos y no una ONG al uso, entiende que en los lugares de misión hay que fortalecer la educación, la formación. Y entendemos que ellos pueden conseguir mucho más si formamos personas de distintas etnias que sepan defender sus derechos y situarse en un mundo tan globalizado como el actual. Nuestro vicariato, a través del obispo Gerardo Cerdín y de la Universidad Católica Sed de Sapiencia, de Lima, ha conseguido un acuerdo que se llama Nopoki. Tenemos más de quince etnias representadas. Están becados con albergue y comida. Pero los misioneros tenemos que buscar ese dinero. La primera promoción ya se ha graduado. El problema de la Amazonía es que los profesores, cuando llegan allí, se encuentran en un mundo perdido. Para empezar, pasan semanas para llegar a una comunidad y cuando llegan no existe para ellos ninguna tienda. Además, tienen que sembrar su yuca y sus tomates, tienen que salir a las cinco de la mañana para pescar porque no tienen comida. La situación de allí es difícil para los que no están acostumbrados. Formando personas propiamente del lugar podemos solucionar la situación de abandono de los puestos de trabajo de estos maestros por estas dificultades que señalo.

¿Y cuántos profesores indígenas hay ya formados y ejerciendo por medio de este proyecto?

Tenemos más de 300 en la universidad y se han graduado ya 27, que están haciendo su licenciatura en Lima. Son tanto varones como mujeres, y esta primera promoción tiene personas mayores, adultas, padres y madres de familia con realidades que nos sorprenderían a todos. Cuando estás allí te das cuenta de cuantas cosas nos sobran a nosotros, que no son tan importantes.

¿Y cuáles de esas cosas que tenemos nosotros sorprenderían más a estos indígenas?

Tener agua. Disponer de un grifo en el que, además, puedas beber es algo tan común y tan sencillo para nosotros que, salvo que tengamos sequía, no pensamos en el valor de un vaso de agua. Allí hay que hervirla. Eso, la luz o cualquier detalle que para ellos sería imprescindible.

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