Entre broma y broma

El Mtro. Kristhian Ayala nos lleva a un viaje por “los memes del pasado” y la violencia en el humor del Perú del siglo XIX.

Por: Kristhian Ayala. 

“El lápiz travieso y veraz del caricaturista responde a la unánime aspiración de los tiempos que alcanzamos, a la vertiginosa carrera de los sucesos, a esta vida de galope de las modernas sociedades en la que todo se sintetiza y se extracta”. 

(Semanario Ño Bracamonte; nº 1; Lima, 19 de octubre de 1892)

 

El asesinato a los caricaturistas del semanario francés Charlie Hebdo, ocurrido el 7 de enero de 2015, donde 12 personas murieron a manos de extremistas de Al-Qaeda, debido a la línea crítica de sus contenidos contra el islamismo -tal como lo hacía con otras religiones-, no solo produjo conmoción y rechazo, sino que inevitablemente nos remite a la salvaje condición de la intolerancia al humor en la política y la religión en la historia. El humor incomoda al poder, desnuda las pretensiones y confronta, incluso, las pasiones religiosas trasnochadas.

El Perú no ha sido ajeno a la censura y la violencia contra la libre expresión, pues ya en su historia virreinal y republicana se registran varios ataques y censuras entre periódicos que apoyaban a sus propios caudillos, además del surgimiento de una caricatura anticlerical que arremetía sin piedad contra la Iglesia Católica. 

La sátira llega al Perú con los aires revolucionarios de fines del siglo XVIII, la imprenta luchaba por defender su libertad y no obedecer al yugo del gobierno colonial. Conspiraciones de diversa repercusión se valieron de la imprenta clandestina para difundir pensamiento y provocación. Pero no sería hasta los años previos a la independencia que las caricaturas empezarían a aparecer en las manos de los limeños, en el interior de alguna gaceta o en la portada de un periódico de cáustico título.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX las imprentas en Lima estaban en manos de empresarios, en su mayoría italianos, que brindaban servicios de producción de panfletos o publicaciones de periodicidad inestable. La figura del caricaturista florecía en medio de convulsionadas elecciones, golpes y asesinatos, circunstancias paradójicamente perfectas para el desarrollo del lápiz ingenioso que, con la autoridad del humor, deformaba a políticos y religiosos no para presentarnos una realidad “al otro lado del espejo”, sino para provocar el verdadero significado en los lectores, generar una insipiente opinión pública o desenmascarar los propósitos demagógicos en una sociedad aun pequeña.

Ante la inexistencia de un medio consolidado, las publicaciones satíricas se movían sobre tres ejes: el editor del periódico, el caricaturista y el propietario de la imprenta. Todos ellos motivados por el interés de publicar y generar un medio que funcione y sobreviva gracias a la lectoría.

 

CÁCERES VS. PIÉROLA

Última década del siglo XIX. Acabado el primer gobierno de Andrés A. Cáceres, Remigio Morales Bermúdez asume la presidencia, en un evidente traspaso del poder (Morales Bermúdez era el candidato de su partido). La oposición tenía como líder a Nicolás de Piérola quien, ante la pérdida en esas cuestionadas elecciones, se convierte en la figura mesiánica de una prensa combativa contra Cáceres. De esta manera, surgen El Leguito Frai Jose y La Caricatura, con una cáustica pluma y un rabioso trazo contra el partido de gobierno. Por su parte, el bando cacerista tendría a Ño Bracamonte, como medio de contingencia ante la oposición. Se inicia, de esta manera, un combate cuyas trincheras fueron las imprentas y cuyos estrategas fueron los caricaturistas. 

Contra todo derecho, Morales Bermúdez dispone de una ley que cierra las imprentas y de manera particular aquellas que imprimiesen periódicos combativos, como la imprenta del periódico La Voce d’ Italia (que imprimía La Tunda) y la del italiano S. Fabri, en abril de 1893. La irrupción en estas, como en otras, se hizo al caballazo y con matones de por medio, quienes confiscaban material y dinero o, incluso, prendían fuego a las instalaciones.

“Decididamente, Cáceres es el hombre más bruto que pisa la tierra. Al fin ha conseguido por medio de amenazas, que el litógrafo señor Fabri se niegue a proporcionar su máquina para caricaturas […] ¿Qué hará El Leguito Fray José si no da caricaturas? Pues claro: decir con la pluma, claris verbis, más, mucho más de lo que expresa con el lápiz”.

(“El Leguito Frai Jose”; N.º 11; Lima, 20 de abril de 1893; pág. 1)

 

Con todo, el Leguito Frai José, narraría los hechos de la noche de abril describiendo así el actuar de la turba de caceristas:

 

“[…] vociferaban en el patio de esta manera: ‘¡Ahora vamos sobre el otro italiano, Fabri, el que hace las caricaturas para “El Leguito Fray José”! ¡Es preciso romperle también su taller y matarlo si es posible! ¡No haya cuidado muchachos! ¡El General nos apoya! ¡Viva Cáceres!’”. 

 

EL CONTRAATAQUE DE LA CARICATURA

Luego de seis ediciones, El Leguito Frai Jose arremetería nuevamente contra Cáceres, y lo haría usando la figura bíblica del combate entre David y Goliat. Cáceres representaba al gigante casi invencible y a Piérola como el pequeño, pero prodigioso, David, destinado a ser el Rey que transformaría al pueblo. Esta caricatura fue portada del periódico y además se convirtió en una de las caricaturas más violentas e irreverentes que conservan los archivos de la Biblioteca Nacional del Perú. En la figura, Piérola vence a Cáceres y tras humillarlo le corta la cabeza y la muestra sangrante como trofeo.

Fuente: El Leguito Frai Jose – Biblioteca Nacional. Evidencia el odio y la violencia en torno a la guerra civil más cruenta por el poder.

 

UNA CARICATURA ANTICLERICAL

El protagonismo de este tipo de caricatura, en medio de la guerra civil más convulsionada de la historia republicana, además, marcaría el paso a hebdomadarios de caricatura violenta que hacia 1896 –en los albores del libre pensamiento europeo en América Latina- promovería el nacimiento de una prensa anticlerical que disparaba sin miramientos contra la Iglesia Católica. 

Surgen con el siglo XX Don Giuseppe, Fray K. Bezón, Fray Garrote y Fray K.Lilla, todos ellos avivados por la figura de intelectuales como Manuel González Prada, el danés Christian Dam y el discurso de Clemente Palma sobre el porvenir de las razas en el Perú, que junto con otras teorías culpaban a la Iglesia de haber impedido la migración de europeos al Perú (como sí venía ocurriendo masivamente en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile) bajo el temor a la proliferación de otros credos, como el protestantismo que venía convirtiéndose en la piedra en su zapato. 

Fuente: Biblioteca nacional. La caricatura anti-clerical halló en la figura de Manuel González Prada la imagen del líder perfecto.

 

No obstante, el mayor ensañamiento contra el clero se dio hacia la falta a los votos (castidad, obediencia y pobreza) y la suspicacia que despertaba el poder, el dinero y las acusaciones de lujuria y pedofilia en ciertas órdenes religiosas. La Iglesia, por su parte, recurrió a un periodismo religioso tibio frente a las provocaciones, pero sí usó sus púlpitos para contraatacar a la sátira anticlerical, como lo referiría luego la editorial de Don Giuseppe:

 

“… Un cleripopótamo Pérez, encaramado en el púlpito de la iglesia de Santa Rosa del Callao, lanzó a los aires tres o cuatro rebuznos el viernes último. Habló de la “mala prensa” (toda es mala, menos la clerical), y dijo que “Don Giuseppe” es órgano del infierno. Y agregó que el que lo lea se condena de seguro y que sus redactores merecen ser ahorcados quince o veinte veces. No es poca la rabia del curantibio ese. Y que piedad católica la suya! Así y todo es menos humano que nosotros. Porque él quisiera ahorcarnos veinte veces, y nosotros nos conformamos con que a él le ahorcaran una”. 

(Don Giuseppe; nº 10; Lima, 15 de setiembre de 1907; pág. 7)

 

Afortunadamente, en este caso, no se supo de imprentas quemadas ni represalias de otro tipo y la prensa anticlerical dejó de circular por sí sola, junto con la prensa religiosa. Nunca más se supo de un conflicto similar que utilizara la caricatura como herramienta de combate entre el clero y el protestantismo.

Tras lo indignante que pudo significar el asesinato a los veteranos caricaturistas de Charlie Hebdo, existe un inevitable reencuentro con la intolerancia histórica que nos sumerge en la propia miseria fundamentalista del hombre y nos devuelve la importancia del humor como vehículo de conciencia. Tal como lo dijera Freud, el humor como esencia del chiste, la comicidad e hilo conductor de la caricatura adquiere, en este sentido, un carácter provocador por “contraste de representaciones” en donde se halla un sentido en lo desatinado y se pasa del desconcierto al esclarecimiento. Del retorcimiento de un trazo, de la ridiculización de un político y de la vejación contra el simbolismo patrio se puede hallar un sentido: la denuncia y el develamiento de aquello oculto que pude resultar más cáustico que cualquier editorial de panfleto.

La caricatura política será esa verdad entre líneas que, en medio de lo cómico y transgresor, colocará al centro del pueblo mismo una historia real, desnudando al líder, movimiento, religión y despojándolos de cualquier privilegio, para burlarse de ellos y su discurso y develar la injusticia, el ansia de poder y la desigualdad.

No es exagerado decirlo, pero si bien nuestras dictaduras no produjeron movimientos culturales que atravesaran las artes y propulsaran una contracultura como la que sí se dio en otros países latinoamericanos, aquí –valgan verdades- fue la caricatura el arte contestatario y la presea más temida y ansiada por el poder ¿Llegará el día en que aceptaremos el humor fino como la verdadera voz del pueblo y, mejor aun, aprenderemos a valorarlo, consumirlo y promoverlo en tiempos de memes de todo tipo de calidad?

 

 

 

Kristhian Ayala Calderón, Mtro. en Estudios Culturales por la PUCP. Comunicador social por la USMP. Profesor universitario en el área de Letras y Humanidades. Autor de los libros: El Periodismo cultural y el de espectáculos. Trayectoria en la prensa escrita. Siglos XIX y XX; y La Patria en disputa. Representaciones de la nación en la caricatura política de la guerra civil entre Andrés A. Cáceres y Nicolás de Piérola. Crítico cultural de cine, teatro, temas sociales y escritor de narrativa urbana para el portal de La Mula. Actualmente es Jefe del Departamento de Comunicación y docente del curso de Redacción Académica en la UCSS.

 

 

 

Fuentes:

1. AYALA Calderón, Kristhian. Tesis Representaciones del imaginario de nación en la caricatura política del siglo XIX (1892-1896). Lima, PUCP, Maestría en Estudios Culturales, 2012.

2. Biblioteca Nacional del Perú. Sala de Investigadores.

3. FREUD, Sigmund. El chiste y su relación con lo inconsciente. Madrid: Alianza Editorial (2ª ed.). 1970.

 

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