El evangelio de la carne

Adiós a las “buenas nuevas”
(Perú, 2013)
por KRISTHIAN AYALA

Un tono religioso y a la vez pecaminoso está impreso en el título de la película de Eduardo Mendoza de Echave. El evangelio de la carne es un tejido de historias hilvanadas por una cotidianidad que en absoluto no nos es ajena y que, en todo momento, nos vuelve cómplices y protagonistas de la propia naturaleza concupiscente del hombre.

Si para los cristianos católicos el evangelio es aquella buena noticia de redención de los pecados hecha a los patriarcas de Israel, acerca de la venida de un salvador, un mesías, este evangelio de la carne se nutre también de la esperanza de otro, de un grupo, una multitud, un pueblo. Tres historias principales se atraviesan en medio de un octubre lleno de desgracias y miedos, en el que la presencia del ícono religioso popular más arraigado a la cultura peruana, el Señor de los Milagros, protagoniza sus propias esperanzas de redención, de extirpar un pasado tormentoso y obtener un perdón, una nueva oportunidad.

El juego del síntoma, donde la doble moral, la moralina y la “paja en el ojo ajeno” componen las sonatas más irónicas, aberrantes y miserables de una sociedad limeña retorcida entre la pobreza, la violencia, el emprendimiento y la fe; nos muestra a personajes tan verosímiles, como aquel que se sienta a tu lado en la sala de cine o aquel que se encuentra andando en las afueras, cuando no tú mismo, con tus propios demonios y ansias de salvación.

Lima se convierte en esa metrópoli hambrienta de hombres y mujeres que dejó de asustar a un Gregorio y a una Juliana en los ochenta y que ahora se alimenta voraz de los miedos y desesperanzas, donde el tiempo juega en contra y el péndulo de la culpa se balancea sobre sus corazones. La carne, entonces, se vuelve dolor, sufrimiento, un envoltijo de tristezas maquilladas por una esperanza leve, etérea y difuminada por lo real.

Sin darnos cuenta, Mendoza no nos muestra una ciudad sórdida, arrabalera, a la que vemos ajena; la sentimos tan cercana, cotidiana, como las propias noticias. Nos ubica al centro de una danza decadente que agoniza pidiendo perdón. Así, nos inserta en la historia del barra brava que solo quiere liberar a su hermano culpado por el accidente de un joven estudiante (la dualidad del joven desempleado y el emprendedor donde sobrevive el más fuerte y que al final coloca a uno en prisión y al otro en coma); en la del exchofer interprovincial que quiere cargar el anda del Señor de los Milagros, pero que viene llevando a cuestas la muerte de inocentes por manejar borracho, y en la de un policía encubierto que busca salvar a su esposa de una enfermedad terminal a como dé lugar, incluso con el riesgo de involucrarse sexualmente con otra.

Son historias que buscan (re)vivir, pero que no dejan de estar amarradas poderosamente al pecado, a la doble moral y a la propia naturaleza pecaminosa del hombre que santo Tomás y san Agustín bien describieron con su propio testimonio, con la única diferencia que aquí no hay una conversión, el discurso religioso de templo no equipara al discurso popular de la fe. “Él está por encima de nuestros deseos y ambiciones”, le dice Félix, el chofer, a Gamarra, el policía, cuando los ahoga la desesperanza. Tres hombres que hacia el final encuentran su propio camino de redención, en medio del latido de una procesión que representa el ansia de perdón pero, por sobre todas las cosas, resalta la condición penitente del hombre, aquella que sobrepasa el dolor corporal y trasciende esa carne viva, leprosa, cuyas fibras solo sangran pecado.

El evangelio de la carne —me atrevo a decir— es la película peruana que menos trazos caricaturescos emplea para mostrar al hombre y a aquella Lima que lo acoge cruelmente. El recurso melodramático hacia el final nos eleva —paradójicamente— a lo más terrenal, donde la fe se convierte en la única salida y, cómo no, el maquillaje perfecto para el pecado.

Un casting casi perfecto, a excepción de Jimena Lindo, a quien cuesta verla en un personaje popular sin percibir la sobreactuación. Asimismo, una fotografía correcta sin necesidad de abusar de oscuros (para mostrar sordidez) y tiros de cámara innecesarios que, en otros casos, acaban por desmerecer el desempeño de los actores. Todo ello hace de la película de Mendoza una propia redención de lo que en algún momento hiciera con Mañana te cuento I y Mañana te cuento II. Nos muestra su mejor cara y la cara de una cotidianidad tan tuya, mía, como la del vecino. En la sala hubo aplausos al final.

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