
Compartimos la editorial de la revista italiana In Terris sobre un tema actual que interpela a cualquier ser humano. El artículo es de autoría de Mons. Giovanni Paccosi, obispo de San Miniato (Italia), docente emérito de la UCSS y sacerdote misionero en Perú hasta el 2016.
Por: Mons. Giovanni Paccosi.
Obispo de San Miniato
9 de octubre, 2026
Quisiera ofrecer algunas reflexiones sobre un tema que, como ciudadano italiano y como obispo, me interpela profundamente: el suicidio asistido.
Es una cuestión que me interroga desde hace mucho tiempo, porque tuve a mi lado a un querido amigo sacerdote, un hermano, que, afectado por la ELA, tuvo que afrontar en primera persona —y yo con él— el interrogante sobre qué hace digna la vida y qué significa prepararse para el final, en una situación cada día más difícil y sin perspectivas de curación. Me contaba su frustración cuando, apenas diagnosticada la enfermedad, médicos y funcionarios le hacían una sola pregunta: «¿Cómo quiere morir?». Y él me decía: «Me sorprende que enseguida se hable del final y no de cómo llegar hasta él de la manera más humana posible».
En esta dolorosa experiencia, que me ha marcado en tantos aspectos —por ejemplo, descubrí la indiferencia práctica que existe hacia las personas con discapacidad—, comencé a comprender otra cosa dramática: que hoy las técnicas pueden prolongar la vida incluso cuando el cuerpo ya no es capaz de resistir, en una duración artificial que obliga después a alguien a asumir la responsabilidad de “desconectar” a otra persona.
Comprendí, es decir, qué es el ensañamiento terapéutico: sustituir a la naturaleza, erigiéndonos en dueños de la vida y de la muerte. Nos encontramos casi obligados a decidir dramáticamente si una vida merece o no ser vivida. También por eso, creo, poco a poco se ha introducido la idea de que la vida es un bien a nuestra disposición y que, en determinadas circunstancias, incluso sería más “digno” quitársela, como si fuéramos sus dueños. Es más, esto parece para algunos —¿para muchos?— el signo más grande de la libertad humana. Es el sueño de convertirnos en dueños de una vida que, en realidad, nos ha sido donada.
Esta lógica, que se ha vuelto tan común, no hace justicia a la verdadera dignidad de cada persona humana, aunque sea fácil no darse cuenta de ello. El papa León, en Lourdes, al dirigirse a los enfermos y a quienes se dedican a asistirlos, utilizó palabras de una claridad dramática y luminosa: «La persona humana es “digna” por el simple hecho de existir y de tener como fin la eternidad. Su dignidad no se mide ni se discute. Sé que para algunos de ustedes, a causa de determinadas patologías y de dolores a veces terribles, el horizonte puede parecer oscuro, incierto, sin salida. Pero ninguna ley humana debe hacerles perder la certeza de su dignidad. Al contrario, es precisamente en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana que debe rechazarse firmemente la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión. Es imposible considerar normal quitar la vida. Lo que es legal no es necesariamente moral».
En mi diócesis, hace algunos meses, tuvo lugar el caso de “Libera”, la mujer que sufría y que decidió quitarse la vida —el primer caso en Toscana— y que fue asistida y acompañada hasta el final por una asociación que la apoyó en los trámites que debía realizar, y por todo un movimiento que continúa todavía hoy, mediante congresos y debates, proclamando su grandeza y ejemplaridad, como pionera de una libertad que debe promoverse.
También muchos católicos, que —obviamente— aborrecen el suicidio, se sienten confundidos al pensar que no aceptar el suicidio asistido equivale a “obligar” a alguien a sufrir. Es una cuestión de concepción de la vida.
Dos médicos anestesiólogos, Andrea Coppadoro y Margherita Scanziani, promotores junto con cientos de médicos de una recogida de firmas, han escrito: «Si el suicidio asistido se convierte en un derecho, se introduce el concepto de que la vida es un bien disponible, del que se puede hacer lo que uno quiera, olvidando la evidencia elemental de que nosotros no nos hemos dado la vida a nosotros mismos. Esto tiene consecuencias sobre el enfermo, sobre quienes están cerca de él y sobre la sociedad. Si, en efecto, la vida vale solamente cuando estamos bien y por lo que somos capaces de hacer, quienes pagan las consecuencias son los más débiles, como ya sucede en otros países donde estas leyes están vigentes desde hace años: ancianos, menores, personas con enfermedades psiquiátricas. No es una elección libre la de quien, siendo frágil y dependiente de los demás, es inducido a creer que constituye una carga para sus seres queridos y para la sociedad. Quien se encuentra en mayor dificultad debe, en cambio, ser protegido por la dignidad que posee en cuanto ser humano».
Por eso considero que lo que ha dicho el Papa en Lourdes debería hacer reflexionar también a tantos católicos —y obispos— que ya dan por supuesto que se debe “hacer una ley” y que incluso la promueven; y debería hacer reflexionar también a los médicos dispuestos a asistir a quien quiere suicidarse.
La muerte no puede considerarse un derecho. El cuidado, la cercanía, la aceptación del límite, saliendo de la «cultura de la potencia» —como escribe el papa León en algunos pasajes iluminadores de Magnifica humanitas—, exigen más que una ley.
Una ley injusta, por ser inhumana, no podemos promoverla. Nos corresponde a nosotros, como comunidad cristiana, en diálogo con todos, practicar —antes que nada— y señalar, promover, la cultura de la vida, que es esperanza para cada persona y para nuestra sociedad, sin arrogancia, sin querer imponer, pero también sin ambigüedades.
Ser levadura significa también esta reivindicación humilde, pero revolucionaria, de la dignidad de cada persona, desde el primer instante de la concepción hasta el último aliento de vida, por la cual queremos darlo todo, mirando a Jesucristo: gracias a Él hemos descubierto a la persona —al otro y a nosotros mismos— como sujeto de un valor infinito, irreductible, intangible.

Mons. Giovanni Paccosi es obispo de San Miniato (Italia). Fue misionero en la diócesis de Carabayllo, donde desarrolló una importante labor pastoral y educativa. Durante su trayectoria, se desempeñó como párroco, responsable de la pastoral universitaria y docente de Antropología y Teología en la Universidad Católica Sedes Sapientiae (UCSS). Asimismo, obtuvo estudios de posgrado en Teología y un doctorado en Teología Sagrada. En diciembre de 2022, el papa Francisco lo nombró obispo de la diócesis de San Miniato, Italia, ministerio que asumió en febrero de 2023.
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