
Cada 3 de noviembre, el Perú conmemora a San Martín de Porres, religioso dominico que dedicó su vida al cuidado de los enfermos, la atención de los más necesitados y la defensa de la dignidad humana. Su historia, marcada por las desigualdades de la Lima colonial, representa uno de los testimonios de solidaridad más importantes de nuestra historia.
Por: Piero Alva.
3 de Noviembre, 2026.
La historia de San Martín de Porres es también la historia de una vida dedicada a los demás. Nacido en Lima el 9 de diciembre de 1579, en una sociedad profundamente marcada por las diferencias sociales y raciales, Martín de Porres Velázquez encontró en la fe y el servicio un camino para contribuir al bienestar de quienes lo rodeaban.
Fue hijo de Juan de Porres, un noble español, y Ana Velázquez, una mujer de ascendencia africana. Durante sus primeros años vivió junto a su madre y su hermana en condiciones económicas difíciles. El contexto social de aquella época representaba importantes barreras para las personas de ascendencia africana y mestiza, una realidad que también condicionó sus primeras oportunidades.
Desde joven mostró interés por el cuidado de las personas. Aprendió los oficios de barbero y boticario, y adquirió conocimientos sobre medicina y atención de enfermos. Estas habilidades serían fundamentales para su posterior labor religiosa y social.
Una vocación que encontró en el servicio su mayor expresión.
A los 15 años, Martín se acercó a la Orden de los Dominicos e ingresó al convento de Nuestra Señora del Rosario, en Lima. Debido a las restricciones sociales de su tiempo, fue recibido inicialmente como hermano donado, condición que implicaba realizar labores humildes, entre ellas la limpieza y el mantenimiento del convento.
Lejos de considerar estas tareas como una limitación, encontró en ellas una oportunidad para servir. Con el paso de los años, su dedicación, disciplina y compromiso hicieron que fuera admitido como hermano cooperador de pleno derecho en 1603.
Dentro del convento, asumió responsabilidades en la enfermería y puso sus conocimientos al servicio de los enfermos. Atendía a religiosos y personas externas, brindándoles cuidados, alimentos y medicinas. Su labor no distinguía entre procedencias ni condiciones económicas: para él, toda persona merecía recibir atención y un trato digno.
Su compromiso llegó a ser especialmente importante durante las epidemias que afectaron a Lima. Según los testimonios recogidos sobre su vida, llegó a cuidar hasta a sesenta religiosos enfermos durante una de estas crisis. Incluso habilitaba espacios para recibir a quienes necesitaban asistencia urgente.
Educación, solidaridad y atención a los más vulnerables.
El compromiso de San Martín de Porres no se limitó al cuidado de los enfermos. También buscó responder a las necesidades de los niños en situación de abandono y pobreza.
Entre sus iniciativas más destacadas se encuentra la fundación del Colegio de la Santa Cruz, una institución orientada a brindar educación a niños huérfanos y abandonados. Para concretar este proyecto tuvo que buscar benefactores y superar dificultades económicas, pues no contaba inicialmente con el respaldo suficiente de las autoridades.
Esta iniciativa refleja una dimensión importante de su pensamiento: la solidaridad no debía limitarse a atender las necesidades inmediatas, sino que también debía generar oportunidades para quienes vivían en condiciones de vulnerabilidad.
Asimismo, su cercanía con los animales fue otro aspecto reconocido de su vida. Los relatos tradicionales destacan su cuidado hacia ellos, una expresión de su sensibilidad y respeto por la creación.
De «Fray Escoba» a uno de los santos más queridos del Perú.
Su sencillez y disposición para realizar las tareas más humildes le valieron el sobrenombre de «Fray Escoba», una denominación que quedó asociada a su imagen y a su manera de entender el servicio. Sin embargo, su influencia trascendió las paredes del convento.
Su fama de hombre caritativo llegó hasta las autoridades de Lima, quienes también acudían a él en busca de consejo. Pese al reconocimiento que recibió, mantuvo una vida austera, dedicada a la oración y a la atención de los demás.
San Martín de Porres falleció el 3 de noviembre de 1639, en Lima. Su muerte generó una profunda manifestación de reconocimiento entre los habitantes de la ciudad, quienes recordaban su entrega y cercanía con los más necesitados.
Su proceso de reconocimiento religioso continuó durante los siglos posteriores. Fue beatificado por el papa Gregorio XVI el 29 de octubre de 1837 y canonizado por el papa Juan XXIII el 6 de mayo de 1962, convirtiéndose en el primer santo mulato de América.
Durante la ceremonia de canonización, el pontífice destacó su capacidad de amar al prójimo y su dedicación a los enfermos, los pobres y las personas que ocupaban los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Además, recordó su ejemplo como una expresión de fraternidad entre personas de diferentes procedencias.
Un legado que trasciende el tiempo.
A más de cuatro siglos de su nacimiento, San Martín de Porres continúa siendo una figura representativa de la historia religiosa y social del Perú. Su vida invita a reflexionar sobre la importancia de reconocer la dignidad de cada persona, superar las diferencias y asumir el compromiso de contribuir al bienestar colectivo.
Su testimonio también permite comprender que la solidaridad no siempre se manifiesta en grandes acciones, sino en la disposición cotidiana de escuchar, acompañar y ayudar a quienes atraviesan situaciones difíciles.
En una sociedad que todavía enfrenta desigualdades y desafíos relacionados con la inclusión, la educación y el acceso a oportunidades, el legado de San Martín de Porres mantiene su vigencia: poner las capacidades y conocimientos al servicio de los demás es también una forma de construir una comunidad más humana y solidaria.
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