El desafío del PERDÓN

 
El desafío
del PERDÓN

“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”
Efesios 4:32
 

Mg. Teresa Rubino. Universidad de Bari. Prensa UCSS.

Todos aquellos que hemos nacido en familias católicas, tuvimos el privilegio de crecer rodeados de principios sanos y recomendaciones provenientes de las enseñanzas de Cristo. Esto es algo que nos marca profundamente. Uno de los rasgos que más me fascina del catolicismo es el ideal de hermandad, es decir, vivir en el mundo como si fuéramos una gran y única familia, sin diferencias de raza, idioma, sexo, orígenes ni opiniones. El mismo Juan, en 13:34, escribe: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros”.

En nombre de este amor fraternal, podemos entender el perdón. Recuerdo, cuando recién me aproximaba a la religión, las discusiones con mi confesor sobre el tema, sobre todo, mi firme posición y las miles de preguntas “¿por qué hay que perdonar? ¿cómo puedo perdonar a quien me hecho daño?” y, al cabo de unos años, interrogándome, reflexionando y leyendo diferentes textos, logré entender por qué no lograba perdonar. De aquí salieron dos consideraciones que quiero compartir con ustedes.

En primer lugar, en la mayoría de los casos, no perdonamos por miedo. Miedo a ser heridos, maltratados y engañados por segunda vez. Este miedo es dónde escondemos nuestra tristeza y, entonces, es más fácil odiar a alguien que perdonarlo, porque odiándolo lo podemos tener a distancia y evitar que nos vuelva a hacer daño.

En segundo lugar, habría que cambiar el enfoque de la pregunta. Lo correcto no es preguntarse ¿por qué hay que perdonar? sino ¿quién soy yo para otorgarme el derecho de juzgar a otro ser humano? El mismo profeta Luca en 6:4 escribe: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en tu propio ojo?”. Todos somos seres imperfectos y cometemos errores a diario. Nuestra riqueza está en todas nuestras imperfecciones y en esto está la hermosura de la vida: intentar mejorarnos día a día, pero no solos, sino con la ayuda de la comunidad en la que vivimos.

Como creyentes y educadores, tenemos la obligación de respetar el proceso de desarrollo de cada uno y acompañarlo de la mano hacia el camino correcto. Perdonar un error no significa concordar con el acto que alguien ha cumplido, ni legalizarlo, sino comprender la naturaleza humana de pecadores y comprometerse en primera persona a ayudar a mejorarla. Eliminar de la vista el problema no significa resolverlo, sino ignorarlo. Nuestro deber como cristianos es ayudar por sobre todas las cosas, aunque la persona se equivocase nuevamente. De esta manera, podemos entender la respuesta de Cristo a la pregunta de Pedro, en Mateo 18, 21-35: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? Jesús le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Como cooperante internacional, educadora y creyente, invito a todos a tomar unos días de reflexión en esta Cuaresma, para ver si, tal vez, hemos tomado una decisión equivocada y hemos permitido al miedo, al orgullo y a la intransigencia sobreponerse a nuestra capacidad de perdonar y acoger a nuestras hermanas y hermanos que se han equivocado.

Una respuesta a “El desafío del PERDÓN”

  1. Lo leído, es muy real y significativo, creo que nos enseña mucho con el pasaje bíblico Mateo 18, 21-35, eso no quiere decir que se cometerá a cada instante errores, debemos acercarnos a Cristo y mejorar cada día mas y me gusta mucho ” El desafío del PERDON” es momento de reflexión

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